Recuerdo perfectamente mi primer trabajo “en serio”. Corrían los últimos días de 1992 cuando, después de un laborioso proceso de selección, me llamaron para que me incorporara el día 2 de Enero de 1993 a trabajar en el Banco Popular Español. Se trataba de una pequeña sucursal bancaria en un pueblo de Asturias. Me incorporé con gran ilusión, con mi flamante título universitario de Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales. Recuerdo que, de los cuatro miembros de la sucursal, solíamos comer juntos el director, un compañero y yo, ya que por supuesto la jornada se prorrogaba por las tardes. Enseguida entablamos una relación muy cordial, también con el interventor, que era el único que vivía en el pueblo y que comía en su casa. Hablábamos, de manera cordial, de todo.

En una de esas conversaciones descubrí cuál era el título universitario de mi compañero de sucursal: Licenciado en Geografía e Historia. Por supuesto, mi primera reacción fue de asombro, ya que además ese compañero era digno de mi admiración por cómo se desenvolvía en el trabajo diario de la sucursal… ¿Cómo era posible que un licenciado en una rama que nada tiene que ver con la empresa desempeñara tan bien su trabajo dentro de ella? Poco a poco pude ir descubriendo cuáles eran las razones.

Sin ninguna duda la formación técnica es importante. De hecho, el poseer el ahora denominado Grado en Administración y Dirección de Empresas o alguna otra titulación universitaria relacionada con la empresa es, de partida, de gran ayuda. También para completar esta formación técnica resulta muy interesante, hoy en día casi imprescindible, participar en un Programa de Postgrado ofrecido por alguna prestigiosa Escuela de Negocios. Las alternativas son muy variadas, tanto para recién graduados (nivel junior) como para participantes con más experiencia (nivel senior). Se trata de programas que también son muy asequibles como complemento para cualquier graduado universitario en cualquier titulación, que puede llegar a adquirir la técnica necesaria para gestionar una organización.

Sin embargo, para trabajar y aportar de verdad en la empresa, hace falta mucho más que esta mera formación técnica. Podríamos decir que se trata de una condición necesaria pero no suficiente. Frente a estas cualidades de tipo “hard”, hacen falta unas cualidades de tipo “soft”, también denominadas “skills”, totalmente necesarias para poder desenvolvernos en nuestra vida profesional y lograr la mejor aportación posible, en primer lugar de uno mismo, y a continuación también de todos los que nos rodean.

Como su denominación anglosajona indica, se trata de unas habilidades que podríamos apellidar como directivas, ya que son totalmente necesarias para poner en valor su trabajo. Sin embargo, no sólo las debe dominar el directivo, y con ello el empresario, sino también el ingeniero, el abogado, el médico, el farmacéutico, el químico, el biólogo, el científico, el periodista, el músico, el pintor… Se trata de todo tipo de profesiones, por lo que podríamos hablar quizás mejor de habilidades profesionales. Y podemos ir más allá, ya que no sólo sirven para manejar mejor la vida profesional, sino también en la relación con los amigos, con la pareja, con los hijos, al comprar una casa, o un coche, al buscar trabajo, para ligar… Es decir, en muchos aspectos de nuestra vida particular, por lo que podríamos hablar incluso de habilidades personales.

Se trata de unas habilidades y competencias de tipo más humano, relacionadas con nuestra capacidad para motivarnos y motivar también a los demás, para comunicarnos tanto a nivel interpersonal como en una presentación en público, para liderar de manera eficaz a los que nos rodean, para saber gestionar y trabajar en equipo, para tomar decisiones, para gestionar los continuos conflictos y convertirlos en oportunidades, para llevar a cabo una negociación, para promover la creatividad y gestionar el cambio… y mucho más.

Todas estas habilidades se encuentran realmente muy interrelacionadas. De hecho, se ejercen todas juntas, de manera simultánea, y es el conjunto de ellas lo que da fuerza al directivo, al empresario, al profesional y a la persona. Se trata de una cuestión no ya de aptitud sino de actitud ante el trabajo y ante la propia vida, comunes a todos los triunfadores en nuestra sociedad actual, cuya principal característica no tanto sus conocimientos, sino sus competencias y habilidades, que es lo que permite la verdadera puesta en valor de esos conocimientos.

Los conocimientos pueden ser aprendidos. La pregunta que nos solemos hacer es: ¿Se pueden aprender las habilidades? Se encuentra extendida la creencia de que esto nos viene dado de fábrica, que estamos como predestinados desde nuestro nacimiento por el espermatozoide que ganó la carrera y que, claro, yo soy así y no puedo cambiar. Nada más erróneo. La buena noticia es que sí se puede cambiar y mejorar, si es que realmente queremos. Y ése es el verdadero principio. En primer lugar, nuestro propio autoconocimiento. A continuación, la generación de autoconfianza y nuestra propia motivación para cambiar. Y, por supuesto, la ejecución de acciones específicas para ello.

Uno de los grandes riesgos es la transversalidad de esas habilidades ya que, al ser comunes a todos los directivos, profesionales y personas, con frecuencia quedan relegadas a un segundo plano. Unos por otros, no son tenidas en cuenta. Y así ha sido de manera tradicional en nuestros estudios universitarios. Por fortuna, esto ha ido cambiando, especialmente a nivel de postgrado. Así es también en todos los programas de IME Business School, la Escuela de Negocios de la Universidad de Salamanca, en los que el desarrollo de habilidades alcanza una especial relevancia. El participante en estos programas tiene la oportunidad de conocer herramientas e instrumentos efectivos para la mejora de sus habilidades, saber cómo manejarlas, estimularle y provocarle para que lo haga y efectuar su entrenamiento tanto dentro como fuera del aula. La evolución experimentada es evidente y muy satisfactoria.

Las habilidades son, además, la base para generar y mantener los valores personales, y con ellos los de toda la empresa, y también para aprovechar adecuadamente toda la parte emocional que tiene cualquier actividad humana. Tal y como nos marcan los tiempos actuales, una adecuada gestión de valores y, con ellos, de nuestras emociones, más allá de lo que nos dicta nuestra limitada racionalidad, es el fundamento para un buen funcionamiento de la empresa. Visto en perspectiva, éste era el secreto de mi antiguo compañero licenciado en Geografía e Historia del que tanto aprendí en aquella pequeña sucursal bancaria asturiana del Banco Popular.

foto-ime-galende1-3Jesús Galende: Profesor Titular de Organización de Empresas. Director IME Business School, Director Programa de Desarrollo Directivo y Director Formación Especializada. Instituto Multidisciplinar de Empresa. Universidad de Salamanca

 

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