Eran principios de los 90 cuando creí “terminar” mis estudios en la Universidad de Salamanca. Una auténtica promoción de jóvenes licenciados ilusionados con todo un futuro por delante. Recuerdo que había sido una formación masificada, basada en conocimientos, que a duras penas habíamos memorizado y, en algunos casos, hasta comprendido. Recuerdo que el mayor síntoma de internacionalización en el aula habían sido algunos estudiantes extremeños venidos de las lejanas tierras “sureñas”. Lo del programa Erasmus, aunque ya existía, era la excepción. Y también recuerdo que el mayor reto para nosotros era, en ese momento, tener que abandonar nuestra querida Salamanca, que tantas horas de diversión en plenos locos años 80 nos había proporcionado, para tener que buscar trabajo en alguna provincia cercana, principalmente Madrid, foco de desarrollo económico de la época. Seguro que tú también recuerdas todo esto.

Al igual que ahora, era época de cambios: caída del muro de Berlín, formación de la Unión Europea, comienzo de la era de las comunicaciones… Y al igual que ahora, era época también de crisis económica, que acabó alcanzando a todos. Sin embargo, fuimos encontrando, en nuestra mayoría, nuestra posición en la sociedad, con un trabajo de los que se consideraba digno, ya fuera en la empresa privada o mediante una de las todavía “abundantes” oposiciones públicas. Un trabajo que parecía estable con lo que, efectivamente, nuestros estudios pudimos darlos por “terminados”.

Han pasado 25 años, y todo ha cambiado. Al principio sin darnos cuenta, para acabar por enterarnos, como suele ocurrir en todo proceso de cambio mal gestionado, cuando la situación ha empeorado, a raíz de la reciente crisis económica. La nueva realidad es que el trabajo seguro, el de toda la vida, se está terminando, y que el poder alcanzar una cierta estabilidad depende ahora de la aportación y contribución conjunta de todos, empresarios y trabajadores, navegando en el mismo barco.

En este nuevo contexto, nos hemos dado cuenta de que, realmente, los estudios no terminaron. Todo fue una ilusión. Para mejorar, e incluso para mantenernos en el duro mercado actual, hace falta un aprendizaje continuo, a lo largo de toda la vida, que puede y debe ser adquirido de manera informal, a través de nuestra propia experiencia, pero que suele necesitar de un apoyo mucho más explícito, que supone un importante ahorro de tiempo y recursos.

Pero el cambio no sólo ha afectado al momento de recibir formación, sino también a la forma. No se trata de memorizar nuevos conocimiento teóricos, con la esperanza de poder aplicarlos algún día, si es que todavía nos acordamos de ellos. Se trata de una formación práctica, basada en el desarrollo de competencias, habilidades y valores. Competencias y habilidades muchas veces transversales, de tipo humano, necesarias para gestionar el activo más importante y decisivo en nuestra sociedad actual: las personas. Y especialmente valores, porque las relaciones duraderas, también entre empresario y cliente o entre directivo y colaborador, se encuentran basadas en la confianza, y la confianza nunca se transmite si los valores no están claros.

La nueva formación, ahora integral, de la persona en su conjunto, requiere de un auténtico proceso de entrenamiento, muy personalizado, en el que el formador, o más bien el facilitador, acompaña al participante en su proceso de aprendizaje, que va experimentando dentro y fuera del aula las situaciones que se le van planteando, con una metodología totalmente dinámica y participativa. Esta forma de aprendizaje produce resultados visibles de manera inmediata, lo que redobla la motivación intrínseca de los participantes, que a su vez provoca su mayor implicación, desencadenando un círculo virtuoso de progreso.

Esta nueva situación supone un indudable reto para todos nosotros, comenzando por la elección de la entidad que nos puede proporcionar la formación que necesitamos, ya que el mercado es muy amplio y existen importantes incertidumbres y asimetrías de información en un mercado de intangibles, como es el aprendizaje. Voy a darte cinco claves:

  1. Que sea una entidad de calidad, avalada por su marca y por su experiencia en procesos de formación. Las entidades desconocidas son una lotería que no siempre te va a acabar tocando.
  2. Que se encuentre formada por un equipo docente en el que colaboren tanto académicos como profesionales. Los primeros te aseguran la rigurosidad de los contenidos. Los segundos su utilidad práctica.
  3. Que aplique una metodología de enseñanza activa que te permita participar y entrenar. No importa si presencial, semipresencial u on line, aunque ciertas competencias y habilidades requieren tu interacción con el formador, por lo que la cercanía es un punto a favor importante. Y la existencia de un grupo reducido de participantes.
  4. Que posibilite obtener un título de reconocido prestigio. Aunque lo principal es el aprendizaje, muchas capacidades no vas a poder demostrarlas de manera instantánea, por lo que quién expide cada certificado va a ser un punto importante como garantía de calidad.
  5. Que te permita obtener resultados. Fíjate en los componentes de promociones anteriores de los programas de la entidad, en sus opiniones, en su trayectoria profesional y personal, en su puesto de trabajo actual. Ahora es fácil contactar con ellos a través de las redes sociales.

Mucha suerte y bienvenido a los nuevos tiempos. Pero recuerda que la suerte hay que buscarla y manejarla con una buena herramienta. Y ésa es ahora tu responsabilidad.

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Jesús Galende: Profesor Titular de Organización de Empresas. Director IME Business School, Director Programa de Desarrollo Directivo y Director Formación Especializada. Instituto Multidisciplinar de Empresa. Universidad de Salamanca

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